Hubo un tiempo en que no sabía quién era yo. A veces pienso que todavía no lo sé del todo. Han pasado tantas cosas en mi vida que no sé de dónde partir para expresar la clase de persona que soy. Ha habido y sigue habiendo demasiados adjetivos para describirme. Solitaria. Anhelante, Curiosa. Soñadora. Inconstante. Indisciplinada. Floja. Depresiva. Enferma Mental. Impulsiva. Sexual. Parlanchina (a veces) Romántica. Gorda. Amante de los libros. Dibujante aficionada. Al menos, son los que se me ocurren ahora mismo. Pero a veces pienso que soy cambiante y lo que fue válido para un día no lo es para el siguiente.
Me siento perdida en un bosque del que no puedo desprender ninguna enseñanza. El conocimiento de uno mismo es un proceso continuo y lo temo porque quizá no resulte suficiente para mí. Madurar no es cosa fácil. Comprometerse con uno mismo es tan difícil. Pero hacer nada no es la opción. Tomar ciertos riesgos es la solución aunque uno mismo no sepa por qué es necesario tomarlos. Es un poco extraño porque una de las cosas que tenía claro era qué clase de persona era yo. Me sentía poderosamente seducida por la idea preconcebida que tenía de mi misma hasta que ese molde se rompió en mil pedazos, demostrando que yo no cabía en él.
Así que soy una muñeca rota a la expectativa de que alguien vuelva a jugar conmigo para poder vivir. El problema es que nadie vendrá porque es tiempo de que la muñeca se levante sola y aprenda a bailar sus propios pasos. Siempre me había sentido vieja, sabia, madura. Todo mundo solía decir que era esa clase de persona que tiene claridad en la vida y una inteligencia grande con la cual combatir en la vida. Pero ahora me siento muy joven, muy inexperta, muy tímida. De pronto, mi panorama es nuevo y yo no sé qué papel interpreto. A veces ni siquiera sé si quiero interpretar un papel en esta obra de teatro. Lo que sé es que ya no me siento contenta sólo observando. Necesito desarrollar un papel activo, uno que me permita conectarme con la gente.
Sin embargo, para salvarme del fracaso, necesito un carácter firme y una consciencia absoluta de las cosas. dos cosas que me parece que no tengo. No estoy totalmente en blanco, he aprendido y seguiré aprendiendo muchas cosas. Es sólo que siento que el único lugar donde me siento cómoda es en los sueños. Quiero pintar no porque sepa lo que es pintar, sino porque es un sueño que tengo desde hace mucho. Quiero escribir porque es lo que he estado haciendo toda la vida y no sé qué hacer si no escribo. Quiero leer porque hay sueños en esas páginas donde busco refugiarme. Durante mucho tiempo, de hecho, pasó de esa forma, me perdía entre las páginas de los libros y vivía una realidad alterna donde no prestaba atención a lo que me rodeaba.
Ese tiempo terminó y aunque sigo agradeciendo a los libros lo que me han dado, sé que no puedo seguir por esa senda de nuevo. Es hora de crear un mundo nuevo con lo que leo, aunque es tan difícil... escribir no es como leer, no te dan todas las armas para que tú descubras el mundo, tú tienes que decidir qué clase de cosa expresar y alguna vez ni siquiera tienes palabras para decir lo que pasa por tu cabeza o no quieres decir todo lo que necesitas expresar. A veces espero demasiado de las cosas. Espero que mi primer libro sea un éxito total y por eso es que no puedo escribir porque estoy obsesionada con la idea de un excelente libro, así que no lo expreso como pueda salir. Lo mismo pasa con lo que dibujo. Me cuesta tanto trabajo dibujar como escribir porque quiero que salga un excelente resultado y me desilusiono cuando veo lo poco que puedo hacer ahora. A pesar de eso no abandono ninguna de las dos cosas porque sigo un sueño y a veces me asusta pensar que son sueños lo único que me sostiene en la vida.
Antes ese papel lo ocupaba el orgullo y no sabes lo fácil que es dejarte llevar por la soberbia porque no sientes el fracaso, porque ocupas un sitio privilegiado en tu negativa a mancharte las manos. El orgullo es fuerte y te hace sentir que tú también lo eres aunque en el fondo sabes que es sólo una ilusión. Con todo, el orgullo es una excelente manera de ponerte en pie cuando desearías estar de rodillas sólo para que el mundo no te aplaste. Ahora ya no tengo orgullo ni oscuridad dónde refugiarme, sólo tengo sueños y luz. De alguna manera, hace mucho que temo a la luz porque representa las cosas tal y como son y me da miedo observarme conscientemente en el espejo de mi realidad. En ocasiones pienso que eso me llevó a intentar suicidarme. Había estado tanto tiempo peleando con otras cosas que cuando finalmente estuve sola y tomé consciencia de mí misma, descubrí que no tenía nada en lo que apoyarme así que lo único que hice fue caer. Y no te creas, sigo estando en ese punto aunque con una negativa a rendirme, a dejar de luchar, pero ya no por orgullo sino por deseo de vivir.
Sin embargo no se puede vivir asomada a una simple ventana donde dejar pasar el viento, en el fondo sientes la necesidad de mezclarte con la gente y ser alguien para los demás, alguien que se comprometa y sea alguien activo, propositivo. Y siendo honesta, a pesar de todo el miedo que tengo, no quiero ser Rapunzel, por decirlo de alguna manera. Así que mi compromiso es conmigo misma. Quiero salir adelante por mí misma, porque merezco una oportunidad de luchar por lo que anhelo. Hago un compromiso de conocerme en profundidad y expresar mis sentimientos, un compromiso para relacionarme con las personas y aprender a aceptarlas tal y como son (siempre y cuando no hagan algo por lastimarme). Hago un compromiso por vivir la vida plenamente y renuncio a mi escondite sempiterno que es mi usshak. Hago un compromiso por hacer amigos y conservarlos para seguir dándome de topes con la existencia.
Hago un compromiso conmigo.
Ivana Morgenstern. (Victoria de Valo)
domingo, 28 de junio de 2015
miércoles, 24 de junio de 2015
Día 10: El Pasado que no puedo dejar/El Presente que no puedo amar.
Al fin he entendido por mi misma por qué no puedo alejarme de tu recuerdo. Eres el último bastión de un tiempo ya acabado y desaparecido de años que he perdido sin posibilidad de recuperación. Hoy me hallo al borde de otro tiempo distinto y me niego a soltar el pasado porque tengo miedo de lo que deparará el futuro. Juego al filo de un precipicio preocupándome por una caída que no ha sucedido (y que probablemente no sucederá) y lloro por todo lo que he extraviado en el camino. Lo cierto es que en esta vida nada perdura ni permanece y no puedes pretender que, una vez encontrado lo que buscas, lo tendrás en tu poder largo tiempo.
A las malas tuve que aprender que la vida cambia con cada respiración y que muchas cosas que deberían seguir tu camino se desvanecen mientras que otras que deberían ser mejor olvidadas quedan en el recuerdo de una herida que se niega a cerrar. Esto no es amor, es obsesión. En el fondo mi alma herida necesita de alguien que ayude a aligerar los largos días que ocurren, en el fondo de mi alma destrozada aún perdura la ilusión de un amor aunque sabe que las cosas nunca suceden cómo las planeas. Por eso no te suelto, no porque seas imprescindible o porque seas inolvidable, sino porque eres la única referencia de un sentimiento verdadero y duradero en una vida llena de inestabilidades.
Hace ya dos años y algo que no te veo pero mi subconsciente me obliga a pensar en ti y en tu nombre para recordarme que una vez estuve viva, sufrí y deseé amor aunque ahora lo prefiera sólo en los libros. Mientras no suelte ese pasado que me niego a olvidar, ese pasado que me atormenta y me ata, jamás seré libre. Y por eso tengo que hablar mucho de ello, tengo que sacarlo todo para, al final, sanar el paso de esos momentos y dejarlos atrás.
Este escollo en mi vida en el que todo se detiene es terrible para mí porque no sé qué hacer con él, no puedo obligarme a vivirlo sin angustia, aprendiendo de él sin derrumbarme. En mi interior sé que todavía queda mucho por hacer pero mi mente consciente tiene miedo así que duermo y duermo esperando encontrar en mis sueños lo que no puedo disfrutar en la realidad. Está mal, lo sé, pero no sé cómo evitarlo
Estoy cansada de luchar, de presentar mi mejor cara al mundo, estoy harta de ser optimista y lo peor, siento que una parte de mí se hunde en la oscuridad sin remedio aunque la luz está a sólo unos pasos del camino. He perdido parte de la esperanza que me ha guiado en este eterno sendero y soy una pared inflexible con la que la gente se topa para rodearla. Estoy desesperada, estoy sola, estoy hasta la coronilla en este momento de calma donde todo se ha roto. Quiero gritar, quiero escribir, quiero estar viva, quiero tener claro lo que quiero hacer, quiero que todo se cumpla. Quiero tomar lápiz y papel y salir a la calle a perderme en pequeños detalles aunque a nadie más le importe.
Parece que ese es mi camino primordial, la soledad. Y estoy sola no porque no pueda estar con alguien sino porque muchas veces no quiero acercarme a la gente, no quiero conocerla, no quiero estar con ella y luchar por tener una conversación, no quiero dar de mí para ser traicionada otra vez, no quiero lidiar con un afecto que perderé. Es allí donde sé que el pasado me ata porque son las traiciones del pasado las que me impiden formar los lazos del presente. No sé en quién confiar, no sé si quiero confiar. No sé pelear por mi lugar, no sé cómo conectar con los extraños, no sé decir grandes discursos, no sé ser honesta con nadie (ni siquiera conmigo misma) no sé qué clase de persona soy, nada sé y no es una postura psicológica sino una realidad casi física.
Tengo miedo de enfrentarme a la vida a mis 20 años porque temo perder, temo equivocarme. De sobra sé que la única forma de aprender es intentándolo hasta morir, pero me duelen los golpes que me he dado intentándolo y me sumo en la vergüenza de recordarlo hasta que sé que no lo puedo olvidar. Lo que reverbera en mí es: estoy sola. Vivo sola. Sueño sola. Moriré sola.
Como todos los demás.
Ivana Morgenstern (Victoria de Valo)
A las malas tuve que aprender que la vida cambia con cada respiración y que muchas cosas que deberían seguir tu camino se desvanecen mientras que otras que deberían ser mejor olvidadas quedan en el recuerdo de una herida que se niega a cerrar. Esto no es amor, es obsesión. En el fondo mi alma herida necesita de alguien que ayude a aligerar los largos días que ocurren, en el fondo de mi alma destrozada aún perdura la ilusión de un amor aunque sabe que las cosas nunca suceden cómo las planeas. Por eso no te suelto, no porque seas imprescindible o porque seas inolvidable, sino porque eres la única referencia de un sentimiento verdadero y duradero en una vida llena de inestabilidades.
Hace ya dos años y algo que no te veo pero mi subconsciente me obliga a pensar en ti y en tu nombre para recordarme que una vez estuve viva, sufrí y deseé amor aunque ahora lo prefiera sólo en los libros. Mientras no suelte ese pasado que me niego a olvidar, ese pasado que me atormenta y me ata, jamás seré libre. Y por eso tengo que hablar mucho de ello, tengo que sacarlo todo para, al final, sanar el paso de esos momentos y dejarlos atrás.
Este escollo en mi vida en el que todo se detiene es terrible para mí porque no sé qué hacer con él, no puedo obligarme a vivirlo sin angustia, aprendiendo de él sin derrumbarme. En mi interior sé que todavía queda mucho por hacer pero mi mente consciente tiene miedo así que duermo y duermo esperando encontrar en mis sueños lo que no puedo disfrutar en la realidad. Está mal, lo sé, pero no sé cómo evitarlo
Estoy cansada de luchar, de presentar mi mejor cara al mundo, estoy harta de ser optimista y lo peor, siento que una parte de mí se hunde en la oscuridad sin remedio aunque la luz está a sólo unos pasos del camino. He perdido parte de la esperanza que me ha guiado en este eterno sendero y soy una pared inflexible con la que la gente se topa para rodearla. Estoy desesperada, estoy sola, estoy hasta la coronilla en este momento de calma donde todo se ha roto. Quiero gritar, quiero escribir, quiero estar viva, quiero tener claro lo que quiero hacer, quiero que todo se cumpla. Quiero tomar lápiz y papel y salir a la calle a perderme en pequeños detalles aunque a nadie más le importe.
Parece que ese es mi camino primordial, la soledad. Y estoy sola no porque no pueda estar con alguien sino porque muchas veces no quiero acercarme a la gente, no quiero conocerla, no quiero estar con ella y luchar por tener una conversación, no quiero dar de mí para ser traicionada otra vez, no quiero lidiar con un afecto que perderé. Es allí donde sé que el pasado me ata porque son las traiciones del pasado las que me impiden formar los lazos del presente. No sé en quién confiar, no sé si quiero confiar. No sé pelear por mi lugar, no sé cómo conectar con los extraños, no sé decir grandes discursos, no sé ser honesta con nadie (ni siquiera conmigo misma) no sé qué clase de persona soy, nada sé y no es una postura psicológica sino una realidad casi física.
Tengo miedo de enfrentarme a la vida a mis 20 años porque temo perder, temo equivocarme. De sobra sé que la única forma de aprender es intentándolo hasta morir, pero me duelen los golpes que me he dado intentándolo y me sumo en la vergüenza de recordarlo hasta que sé que no lo puedo olvidar. Lo que reverbera en mí es: estoy sola. Vivo sola. Sueño sola. Moriré sola.
Como todos los demás.
Ivana Morgenstern (Victoria de Valo)
sábado, 6 de junio de 2015
Día 9: El Enfermo.
Mi padre es esquizofrénico y decidió dejar sus medicamentos hace algún tiempo aunque no me lo dijo hasta hoy. Esta decisión, que pareció ser relativamente sencilla de tomar, repercute en nuestras vidas de forma completa. Mi mamá no quiere que siga yendo a su casa por miedo a lo que pueda pasar y yo, que también tengo una enfermedad mental de distinto calibre no dejo de preguntarme cómo es que mi padre quiere regresar al infierno de ver desatada su enfermedad, dañando a sí mismo y a la gente a su alrededor. ¿Qué justifica que te hagas daño y por extensión hagas daño a los que te aman? Él no es libre de hacer lo que él quiera; nadie lo es. Antes de poner en acción mecanismos a tu alrededor estás obligado a pensar cómo repercute lo que haces en aquellos que se preocupan por ti. Una acción sencilla puede no tener consecuencias graves pero si has salido del hoyo una vez, tienes la obligación moral de no volver a caer en él mientras puedas evitarlo. A cada reto superado le sigue una cicatriz y aunque no esté marcada en tu piel, tienes el derecho y el deber de sanar y seguir adelante. Tomar consciencia de tu enfermedad hace que las cosas cambien. De repente entiendes que no eres alguien normal sin medicina y que la necesitas para mantenerte estable. Te preocupas por las dosis, te ajustas a una nueva forma de vida y ruegas algún día poder vivir sin ella. Y si tienes que tomarla toda la vida, tomas tus precauciones, te exiges más día a día, te acostumbras. Sabes que tiene que ser de ese modo y llega un momento en que ya no te peleas con la vida para cambiar las cosas. ¿Por qué entonces abandonar el camino que te ha sido dispuesto? Pero yo ya no pregunto eso, porque sé que las cosas están destinadas a ser de una manera. Ahora pregunto, ¿Qué es lo que debo aprender de esta dura lección? ¿Para qué debo pasar por esto? Aunque no soy yo quien deja las medicinas, lo que hace mi padre me afecta. ¿Qué pasará con él? ¿Adónde iremos a parar? Él no sabe lo que es estar en un psiquiátrico, yo sí y aunque no es tan traumático tampoco es una experiencia que me gustaría repetir. ¿Por qué, pese a todo lo que le he contado, él sigue exponiéndose, exponiéndonos? Su actitud irresponsable para consigo mismo parece una forma de lacerarse y hacer daño.
Pero haré frente a esto que está sucediendo. Seré fuerte. Seré sabia. Y procuraré actuar ecuánime y serena.
Es lo menos que puedo hacer.
Ivana Morgenstern (Victoria de Valo)
Pero haré frente a esto que está sucediendo. Seré fuerte. Seré sabia. Y procuraré actuar ecuánime y serena.
Es lo menos que puedo hacer.
Ivana Morgenstern (Victoria de Valo)
martes, 2 de junio de 2015
Día 8: El Miedo.
En mi precaria situación y queriendo llorar más que otras veces, estoy tentando a la suerte con mi continuo dormir y mi negación a bañarme. Tengo ganas de salir corriendo, me falta seguridad en lo que estoy realizando y el mal humor está a la orden del día. La respuesta a lo que me pasa es tan simple como grande: Estoy aterrada. ¿Por? preguntarás. Por la vida, diré. Tengo miedo tanto de quedarme en la universidad como tengo terror a no hacerlo. La primera, porque me da pavor no cumplir con las expectativas de los profesores (y las mías, por añadidura) y la segunda por tener que volver a estudiar todo otra vez para intentar pasar. Me gustaría poder estudiar pintura por mi parte antes de enfrentarme a los retos de la Escuela Superior pero por otro lado me da miedo haber tomado la decisión equivocada. ¿Quééé? ¿No que Arte es lo que querías? Claro, me digo, pero el miedo borra hasta esa certeza y mi mente deambula en las antesalas de la angustia en un intento de escapar de la realidad. Me gustaría dar saltitos de impotencia mientras canto alguna canción y mis inútiles esfuerzos por llorar se van al caño con esa necesidad. Debería estar emocionada pero, por alguna razón que no alcanzo a entender, no puedo estarlo. Odio la espera para saber si me voy a quedar o no en la universidad y odio todavía más las dudas que me asaltan al no saber la verdad. ¿Soy una persona inestable? Desde luego. Más tardo en recuperarme de alguna crisis que en volver a caer en otra. Y para hacerme más dramática, ni siquiera me pongo completamente histérica, cosa que me aliviaría más rápido sino que sobrevivo en estado de ansiedad hasta que me tranquilizo un rato y luego otra vez, corro en círculos mientras la ansiedad me domina. Tengo un plan trazado y a mi mente le da por mandar todo al carajo porque siente que algo no está bien y se sobrecarga y explota. Carajo, me gustaría ser alguien más tranquilo. Más seguro de sí mismo y menos asustado. ¿Cuándo se deja de tener miedo? Yo digo que nunca, sólo te enfrentas a él y dejas de encerrarte en ti mismo para encarar un nuevo reto.
¿Por qué te asustas? Me preguntas entonces.
Porque mi miedo es muy grande.
¿Por qué te asustas? Me preguntas entonces.
Porque mi miedo es muy grande.
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