domingo, 15 de enero de 2017

Noche.

¿Oyes el piano? Me deslizo entre las teclas en un susurro blanco y negro que me agota y me exaspera, mi última risa fue el acorde de ese violín destrozando mi consciencia.

Duele...

Me ha invadido un silencio de lasitud, profundo como la marea verdeazulada de mis sueños prohibidos. La pérdida rompe la piel de los labios hasta hacerlos sangrar y mi corazón anhela por las viejas canciones de las olas que palpitaron siendo tan libres como yo nunca seré más que en mi bendita muerte.

Observa, sigo llorando con el murmullo del mar en mi cabeza, anhelando con los ojos cerrados, caminando al borde de ese abismo pero no me mato, no quiero, no puedo, no debo, no, no, no...


Si extendiera los brazos como si fuera a volar, Odín, ¿Me agarrarías antes de caer o dejarías que la inmensidad borrara mi existencia?

Y esa melodía se introduce dentro de mí llenándome con un resplandor extraño. No poseo nada, quizá lo quiero todo, pero mi deseo es más intenso que un capricho, más apremiante que una necesidad, quizá con las variaciones de una obsesión calculada que no hace más que mellarse en el dolor.

Soy grande, soy inmensa. Me pierdo en la inmensidad siendo demasiado grande y divago para desaparecer.

No creo que me entiendas. No sabes mi lenguaje.

Y aunque esta marea me mate, sigo aquí.

Vic Tar Earendil.