No importa cuántos días pasen o en cuántos sonría y por eso todos pretendan que ya lo superé. No importa cuántos días vea la luz del sol y las estrellas, o en cuántos me ría con el desparpajo de una luna de plata.
Mis dibujos hablan de luz y sol, ayudo con el tañido de los ángeles y encuentro el mayor bienestar al ser un poco mejor cada día.
Pero cuando los reflectores se han ido y trato de concentrarme en algo más, siempre termino en ese rincón donde sólo soy yo, pensando en ti y sintiendo de nuevo lo que no tiene fin.
Hay algo muy profundo que no puedo ni quiero olvidar, hay algo hondo que se pega a mí como una marea donde, en mi más íntimo pensamiento, eres tú quien da vueltas sin cesar. Por más que supiera que, al verte, no diría una sola palabra, la verdad es que eso no importa en lo absoluto, porque lo que más he pedido el resto de mi vida se ha cumplido.
El silencio ha sido algo hermoso encontrado en tu nombre, intuición ganándole a raciocinio y a montones de confidencias guardadas con más cuidado que un tesoro de pirata, una misión encomendada o un secreto oscuro.
Son mis más sinceras lágrimas mi dolor por saberte lejos, mi paz más absoluta cuando siento todavía en mi latir de corazón el tuyo acompasándose como un solo ritmo. Las canciones no me hablan de ti, pero si me recuerdan lo que éramos, somos y seguiremos siendo y cuando nadie me ve, lloro con delicadeza mis todavía recurrentes deseos de trascendencia.
Aunque soy creadora de nuevos espacios y sepa lidiar, poco a poco y con esfuerzo y paciencia y perseverancia, con que siempre habrá un nuevo día, es a ti a quien más añoro cuando he finalizado con mi labor y mi siembra.
Quisiera tenerte a lado como antes, en que no nos murmurábamos cariños pero nos abrazábamos con la vehemencia de dos personas que se querían mil siglos, que dormías a mi lado sin tocarme el cuerpo, pero derrochando tu alma. Y pese a que no dialogamos con el vaivén de los amantes, nos envolvía una sensación de pertenencia que todo mundo aceptaba, nadie quería lidiar y simplemente no necesitaba explicación, sólo espacio para ser.
Y todos siguen preguntándome por ti, como si fuera obvio para todos que debo saber en dónde estás, que realmente te atreviste a amarme como es debido y no te escudaste tras una pared por todos los miedos y fantasmas que existían incluso en un lazo como el nuestro. Todavía lloro con la mención de tu nombre, se me quiebra el alma cuando recuerdo que me pediste alejarme cuando ya estabas lejos y lo peor es que no es que se pueda, ni que tú te vayas por completo ni que yo calle estos versos, porque al final no nos separamos ni aunque un mar esté entre nosotros.
No tienen ni idea de cómo es, que vivas en mí y conmigo a cada instante, que no necesito pronunciar tu nombre para invocarte ni tú tienes necesidad de proclamarlo a los cuatro vientos porque esto es más inmenso que el Universo y más hondo que cualquier océano.
Nadie te dice que el Amor puede ser así, nadie te dice que añorarás ser tú como antes, en una soledad que, al menos, resultaba sencilla en esencia. Cuando estoy bien, estás en el tejido, cuando estoy mal, incluso tu vida tiene que ver en ello aunque no sepa con exactitud lo que está pasando. E incluso aunque no exprese mi esperanza en voz alta, mi convicción en voz baja o mi suspiro sin decirlo en lo absoluto, las certezas que tengo contigo son cosas que no podría decir pero que existen aún sin ser reconocidas.
Yo sé lo que pasa aunque no sea algo aceptado por los demás. Yo sé lo que preferiría no saber pero termina por ser real. Y tan sólo lloro cuando ya no aguanto o busco respirar cuando me estoy ahogando porque sigo siendo humana y hasta de esperar con esperanza se agota uno.
Sé esto: Si cierro los ojos y me dejo ir... te encuentro ahí, en donde no hay nadie ni nada más pero todo está lleno... lleno de ti y de mí.