¿Qué es lo que hacemos cuando le
contamos a otra persona una historia? Nos gusta la ilusión de la
intimidad, incluso sabiendo que, pasado el momento, se lo contaremos
a alguien más, jugamos con la idea de que el momento sólo pertenece
a las personas que lo vivieron.
Solía jugar en la oscuridad y cada
momento era azulino y púrpura cuando las estrellas pasaban a
deleitarme la mirada. Alzaba mi dedo blanco y delgado para puntuar la
delicadeza de un universo conocido.
Ahora ya no puedo. Gané la luz pero,
en ese amplio horizonte existe ahora la gran incógnita de quién o
qué sostiene esos grandes cielos, esa gran bóveda. Ahora puedo ver
y a veces, al viajar en esa radiante luminosidad, me aterra lo antes
conocido, las profundas tinieblas que me envolvían en su dolorosa
delicadeza.
Por ello es que me doy cuenta que la
antigua magia de hablar con un desconocido aunque sigue siendo
atrayente, ya no existe tampoco. Las personas se hablan entre sí y
debes calcular la magnitud de contar tus secretos, pues no sabes qué
otra mente además de la de tu interlocutor, es la que te estará
juzgando. Tu camino ya no es solitario y ya no es gris y aunque
existe la esperanza, detrás de esa sombra en la ventana existe una
gran incógnita.
No miento al decir que soy más feliz
habitando en la bella luz pero existía una magia en esa angustia que
ahora ya no sé cómo recobrar o si alguna vez la recobraré.
Creo que sólo soy un color torpe que
fluye, que mira hacía adelante para sumirse en los colores que
iluminan el planeta, la galaxia, la dulce cavidad eterna.
No entiendo el tiempo pero siento cómo
corre a través de mí igual que algo insalvable, irrecuperable.
Intento no asustarme pero la simple consciencia del momento presente
no me ayuda a tranquilizar mis dudas y me siento tan frágil como una
pompa de jabón, como un suspiro en el cotidiano viento.
Obtengo paz y lágrimas al mismo tiempo
y ya sé qué estoy buscando pero no sé si lo encontraré en algún
momento.
No te diré que no hay certezas porque
no es cierto pero tengo miedos, miedos, miedos. Me disfrazo con la
sonrisa de la melancolía para que no sepas cuán profundo es mi
desaliento y aún así río porque no todo es dolor. Hay cada vez
menos sufrimiento, todavía le canto a la mañana pero le tengo miedo
al sueño, a esa fuga inexpresable de pacífico olvido.
Excepto porque despierto. Despierto,
despierto y entonces me pregunto por qué tanto sueño.
Yo sólo quiero vivir mi vida sin
enterrar la mitad de mi alma en la cama.
Victoria Morgenstern.