viernes, 8 de febrero de 2019

Atardecer: Un Alma se Muestra ante el Mundo.

Has estado ahí para mí en cada momento difícil, viéndome cada semana como un protector imparcial que me ayudaba a tomar consciencia de mis problemas y dolores, de las verdades que no podía digerir y sin embargo, con tu ayuda y luz, afrontaba.

Nadie había estado ahí para mí de esa manera, dispuesto a entender qué clase de persona era yo más allá de las estúpidas apariencias de una vida que yo no escogí.

Las etiquetas que me ponían para vivir eran pesadas cadenas que me impedían respirar, ya ni siquiera podía hablar, no quería vivir, mucho menos seguir adelante.

Me fui muchas veces porque pensé que si tú no podías ayudarme cuando estabas dispuesto, menos lo haría alguien más. Y no quería acostumbrarme a tu apoyo y depender de tu guía porque no quería quebrarme y deshacerme en pedazos cuando no estuvieses.

Cuando volví una de esas veces después de vagar con mirada perdida, demasiado rota para mentir sobre mi necesidad de ayuda, me acogiste sólo preguntando por qué me había ido.

No pude hablar mucho. Dije la verdad, lo poco que podía decir de ella. Tocaste mi corazón por primera vez cuando me dijiste: "Yo no te voy a abandonar".

Te dije lo cierto en ese entonces: todo mundo me dejaba, a nadie le importaba, decían estar ahí para mí y entonces me abandonaban, se morían, simplemente no estaban ahí.

Tu compromiso era absoluto y tu vocación completa: decidí quedarme.

Traté de dosificar mi necesidad, de forma disciplinada, heladamente, me prometí a mí misma que no te cargaría con más de lo que pudieses afrontar porque no quería que pensaras que era demasiado lo que yo necesitaba.

Hice todo lo que pude por no fallarte nunca; muchas veces no lo logré, porque en realidad si estaba hecha pedazos. Pero cumpliste tu promesa: no me dejaste sola.

Caí, no una, sino centenares de veces. Al principio sólo te hablaba con voz seca y áspera de mi dolor, sin lágrimas. No abría mis puertas, descarnadamente me tragaba el dolor que pensaba que era mío.

Con el tiempo recobré el regalo y alivio de las lágrimas y pude llorar, aunque rara vez lo hice enfrente de ti. Orgullo quizás o las barreras de mi alma. Quién sabe.

Me enseñaste todo lo importante que olvidé: que era una persona, que podía decir que no, que merecía ser querida, que yo no tenía la culpa del maltrato y abandono, que podía ser digna a pesar de haber sido  herida.

Me enseñaste que estar enferma no significaba que no podía salir adelante, me enseñaste a aceptar la verdad como tal no significaba una debilidad. Me ayudaste a reconstruir cada pedazo de mí mísma, me diste tu comprensión, entendimiento cuando nadie me vio más que con lástima, horror, lejanía.

Cuando me encerraron en ese lugar oscuro y la propia doctora insistió en que no eras bueno para mí, pensé en todas las posibilidades que me ofrecía una nueva forma de terapia.

Había sufrido lo suficiente para pensarlo, yo no me involucré contigo de forma sentimental, firmemente me así a la ayuda pero no a ti como persona, dentro de la ruda realidad en la que vivía, sabía que podía pedirte todo dentro del marco terapéutico pero nada más que eso.

Fríamente me decía que de todas formas una persona como tú jamás podría quererme de esa manera. Tampoco pensé que nadie pudiera verme como algo menos que a una muñeca rota, fui usada, desechada, violada, maltratada, el fuego me quemó de formas horribles, según yo eso no se podía curar.

Cuando la manía me obligaba a buscar consuelo físico en otras personas, me dejaba llevar con todos sin sentir arrepentimiento alguno excepto cuando se desataba en nuestro pequeño espacio: si pasaba, ni siquiera te miraba a los ojos.

Lo que si podía hacer, lo que me quedaba, era la honestidad. Te conté a ti todo lo que no dije a nadie más, te hablé de todo lo que me asustaba, de todo lo que me hería, del dolor, las llagas, la angustia, la desesperación, la vida terrible que me tocó en suerte. Siempre me escuchaste con absoluta paciencia ofreciéndome lo que necesitaba para seguir.

Me pediste que confiara en mí porque tú confiabas en mí. Me diste una oportunidad y permitiste que tu trabajo me permitiera a mí dármela.

Hice algo más que confiar en mí: Confíe en ti. Confíe que pese a que eras un humano con tus virtudes y defectos, tenías lo necesario para guiarme a pesar de ese horrible destino.

No sé cuando me di cuenta que te tenía aprecio. Me di cuenta y te lo dije, con cierta incomodidad y rigidez. No es que no deseara ser querida, lo deseaba con todas mis fuerzas, pero sabía que no podía pedírtelo, por eso hablaba de ello pero jamás lo llevaba más allá.

Continuamente hablaba de mi necesidad de irme del país, de escapar de todo lo que encontré aquí, de mi casa, de todo.

Pero interiormente sabía que no me iría: te convertiste en mi ancla en un mundo demasiado oscuro.

Mi propio psiquiatra, que decía que me apoyaba, me hizo más daño del que los demás se puedan imaginar; se suponía que tenía que ser mi faro de luz en la oscuridad, en su terquedad y testarudez, sólo se hizo mi verdugo más terrible.

Cuando finalmente tomé la decisión de dejar su apoyo -inexistente, sólo creado por nombre- me ayudaste a apoyarme en uno de tus amigos, un hombre tan comprometido como tú.

No me apoyé en él como en ti: podría haberlo hecho, porque él también merecía esa confianza y tenía su propia dedicación a su trabajo, pero no lo necesitaba. Ya estabas tú: lo único que faltaba era la medicación.

El cambio de medicación fue como un regalo del cielo, por primera vez pude ver que había un poco de esperanza para mí.
Poco a poco, recobré mis facultades mentales y mi capacidad de supervivencia se vio potenciada con mis verdaderas habilidades.

Tenía dificultades para conservar un trabajo por la dureza que eso significaba para mi vida. Ni eso te detuvo: cuando te dije que no podía venir porque no tenía con qué pagarte, dijiste irónicamente que te pagaría cuando fuera millonaria.

Me reí aferrando mi estómago: lo creí porque ya lo habías demostrado, que seguirías aunque el camino fuera pedregoso.

Empecé a mejorar con rapidez en otros aspectos y acogiste el cambio con entusiasmo: el tratamiento funcionaba. Empecé a ser la persona que solía ser y empecé a bromear en las sesiones.

Poco a poco, las relaciones que entablaba eran diferentes. Me involucraba más, aguantaba más, me cerraba menos. 

Los finales siempre eran duros y lloraba mucho. Pero aprendía también y lamentaba menos. Empecé a reír más de lo que lloraba.

Al final la vida parecía mostrar su lado dulce y hermoso y a mí me parecía perfecto.

Poco a poco hablaba más de lo que disfrutaba que de lo que me preocupaba. Y a veces ya no hablaba demasiado, porque no sabía que decir. Las cosas no me conturbaban y tampoco necesitaba guía, no una que me pudieras ofrecer.

Necesitaba alguien que escuchara, a alguien que le importara, y me diste eso como todo lo demás. Pero ya no había tantos consejos, sólo ver cómo iba uniendo las piezas y me daba cuenta de la verdad.

Algunas sesiones incluso no tenías que decir nada más que "Vas bien, sigue como ahora." Ya no necesitaba guía, podía caminar sola.

Dentro de mí empecé a ver que mi proceso se estaba terminando, pero no podía concebir mi vida sin ti.

Sorprendentemente, no fui yo quien cruzó la línea del afecto. Fuiste tú. Cuando me di cuenta de la verdad, sentí tanto miedo que quise huir.

No porque fuera malo o porque fuera inapropiado sino porque de repente veía las distancias muy tenues y tu parecías querer superar todas las barreras.

No sé si te diste cuenta que ya no lo hacías exactamente de forma terapéutica pero yo lo noté. Traté de adaptarme, de utilizar los elementos que me diste en terapia para poner límites. Me dije a mí misma que no había por qué tener miedo: confiaba en ti y yo nunca te había hecho daño.

Quizá yo también merecía una pizca de tu confianza. Quizá yo también gané algo, tal vez podía manejar eso.

Empecé a llevar pequeños presentes en las sesiones, aunque fuiste tú quien empezaste con las galletas. Noté los cambios y traté de disimular mi miedo, pretendiendo que sabía cómo nadar.

Pero no lo sabía. Seguía siendo joven y había sido dañada y el hecho de ser hermosa no me trajo buenas cosas. Cuando noté tu cambio me acordé de lo que dijiste "Es fácil de que otros hombres se enamoren de ti, eres muy apasionada y las personas quieren eso. Pero los demás abusan por eso tienes que tener cuidado".

Esa frase fue hecha sin inflexión alguna. Cuando lo dijiste, hacía tiempo, no había nada personal en ello. Yo tampoco lo tomé así.

Así que pensé "Bueno, puede pasar. Él es una persona, después de todo. No tiene que pasar nada."

Calmé de ese modo mis terrores, les canté canciones de cuna para acallar la verdad.

Pero me estaba mintiendo y creo que lo sabía pero no podía admitirlo porque sabía que si lo hacía, todo se acabaría.

Y no podía perderte ni a ti ni a mi espacio, mi hora en el sillón era demasiado importante, yo simplemente no estaba lista. Hacía tiempo que sabía podía pararme sola. Ese no era el problema.

Cuando la realidad estalló en mí como una tormenta, lloré como si fuera un fantasma condenado. No era justo, pensaba yo, encontrar todo lo que quería pero siempre lejano de mí.

Traté de manejarlo lo mejor que podía, pero me estaba matando. Hablé con tu amigo que era mi psiquiatra, tratando de establecer la línea entre el sentimiento y la realidad.

Él lo tomó tan bien que fue una patada. Fue él y no yo quien mencionó la palabra "Amor".  Fue guiándome a entender que las cosas no eran terribles, sino naturales y parte del proceso. A él no parecía preocuparle si las cosas se daban o no porque sabía que yo no me perdería si eso pasaba, a pesar de mis temores.

Me veía más claramente de lo que yo lo veía. Eso me asustaba.

Sé que nos oíste porque cuando salí tenías esa cara atribulada, ligeramente feliz. Yo estaba deshecha, me fui barbotando no sé qué, alguna cosa tonta.

Fui a una arboleda a seguir llorando mi miedo, mi dicha, la tormenta en mi corazón.

Ya no había vuelta atrás para mí.

Decidí no mencionarlo porque tenía mucho miedo de que me dejaras. Yo no quería esperar nada, a pesar de que tu amigo me sugirió que te lo dijera, porque no quería desilusiones. Sabía que quería todo, pero quería proteger mi corazón y mi sentimiento.

Lo hice bien, sé que lo hice. Me esforcé lo más que pude dentro de mis difíciles circunstancias.

Otra vez fuiste tú quien lo sacaste a la luz. Y dijiste que no corrías, que no me dejabas... pero corriste el velo de tu profesión y aún así me dijiste que podía regresar si necesitaba tu compañía para no caer en conductas auto-lesivas.

Movimiento estúpido, innecesario, cruel. ¿Crees que yo no me hubiese quedado si jamás lo hubieses mencionado y pusieras tu distancia?

Yo sabía que era lógico por eso preferí no pensar en ello por tanto tiempo. Soy jodidamente fuerte, por eso aguanté cuatro años así, aceptando la tormenta sabiendo que no habría calma para mí.

Pero siempre pasa lo que otros dicen que nunca pasará y en cambio yo sé que se hará: ¿Cómo puedes pedirme que me quede, como puedes pedirme que hable de ello como si fuese cualquier cosa? No soy un sacrificio, no soy un experimento, esto no es transferencia, no tienes derecho a abrir puertas para las que no te has ganado la llave.

Eres el más maravilloso terapeuta que conozco. Admiro tu trabajo, vocación y compromiso como nadie en el mundo, porque sé qué tan lejos llegas con tus pacientes. Jamás pondría tu integridad y tu trabajo en entredicho ni siquiera para alcanzar un poco de felicidad. Por esto hubiese sacrificado mi vida y si me lo pidieran, que diera mi vida por la tuya, lo haría sin dudarlo. No es un sacrificio inútil o un sentimiento quijotesco: te lo has ganado.

Si el precio de amarte hubiese sido hacerlo en silencio, gustosa lo hubiese hecho, no importando el dolor o la dificultad. 

Me regresaste mi vida, me ayudaste a ver la luz otra vez, ¿Cómo iba a ser eso malo?

No estaba avergonzada, no me autodestruí, no fue mi trastorno ni te traicioné: ¿No puedes ver que has sido lo más hermoso que me ha pasado en todos los sentidos?

Pero en el último paso, el más importante, me fallaste a mí y a ti mismo. 

Sé que podrías haber hecho más: retirarte por completo o entregarte por completo. A esas alturas no quedaban más opciones.

Pero no hiciste ninguna de las dos. En cambio me condenaste al limbo que siempre hicieron los otros: "No puedo darte lo que quieres, pero quédate. No tengo lo que quieres, pero te ofrezco lo que no necesitas para que regreses."

El dolor que sentí no fue nada comparado con todo el sufrimiento que he tenido en la vida, que ha sido mucho. Sentí la muerte en mi alma, en mi corazón, en mi mente, en mi cuerpo. No tomé mi vida, que sabía que no me pertenecía, en cambio me entregué a los dioses. Pensé que si no era digna de ese amor, o si fallé en mi tarea, era lo que debía hacer. Podía aceptar eso, porque llegué tan lejos como pude. Si no fui suficiente, podía cargar con eso.

En lugar de matarme, los dioses fueron gentiles conmigo y me guiaron a una arboleda para llorar toda mi desesperación, mis heridas, mi rabia, toda la impotencia de una simple persona mortal que no puede hacer nada ante las acciones de otros, por mucho que los ame.

En lugar de enterrarme yo, encontré la aceptación de aquel semifinal y sus consecuencias. Me paré con los ojos hinchados y seguí adelante. 

Los otros han usado sus palabras para darme sus puntos de vista. Me han ofrecido compasión, consuelo y comprensión ante mi dolor. Abrazos cuando lo he necesitado.

Pero también está el otro lado, de las personas que no son del todo honestas en mi vida, las que usan esto en su propio beneficio, aparentemente con buenas intenciones pero haciendo pedazos mi fe y mi disposición, mi sacrificio.

A estas alturas no sé qué pensar de lo que pasó. Las mujeres que han sido mis amigas y hermanas comprenden que fui amada pero traicionada. Las mujeres que controlan mi vida dicen que él jamás me quiso y que vi cosas que no eran.

No soy quien para mencionar la verdad absoluta. Sólo se puede hablar de lo que se conoce, por eso sé que sé lo que yo sentí y lo que a mí me pasó.

¿Quién soy yo para adivinar las intenciones de otra persona, sea quien sea? ¿Quién soy yo para hablar en otro nombre que no sea el mío?

Hablo por mí al decir que jamás he amado tanto y de forma tan profunda y nunca ha sido tan lógico y tan merecido. 

Siento la tristeza en mi corazón como un puñal que casi no me deja respirar a veces. Entrego mi tiempo y mi vida al momento, vivo en el día a día, hago lo mejor que puedo para ganarme la libertad  y la respiración. No soy quien para decir qué paso o qué sucederá. Me he cansado de defender mi punto de vista. Me he cansado de escuchar palabras necias y oscuras. Me he cansado de buscar palabras en el viento.

Acepto mi destino. De haber sido guiada por un hombre honesto y profesional a la libertad, al amor y a la belleza y haber caído, pese a mis intentos de no hacerlo, en las redes del amor más apasionado, sincero y libre que he sentido hasta ahora. No tengo intenciones, no tengo esperanzas, abandoné el espacio con toda la dignidad que pude reunir pese a las circunstancias. No lo herí, no peleé nada, sólo dije la verdad y me fui con el corazón encogido.

Siento que mi alma duele y siento rabia de lo que he perdido pero también aceptación y resignación. Si no era digna, si no era el momento, si no era el espacio, si no era lo que debía ser, bueno así fue. No estoy forzando nada, no me fuerzo a mí misma a mentirme, no escondo mi corazón, acepto la corona de espinas con la dignidad de mi ser.

Y aunque me parte el corazón, respeto la decisión de alguien que amo a pesar de no compartir su opinión. Y respeto que otros piensen que voy a superarlo y amaré otra vez.

Aún así también respeto esa voz en mis huesos, en mi alma, en mi cansancio de muchos años que dice que no habrá nada más que esto y que tampoco me apetece ir a buscarlo. Respeto también el tiempo que también tiene su propio poder y respeto mi proceso y la voluntad de los dioses que se encargan de forjar su propio sendero y, por tanto, mi propio sendero.

¿Qué puedo hacer sino vivir en el momento, y hacer las cosas lo mejor que pueda? 

Esto es lo que soy, en todo su valor y en toda su limitación. 

Si no es suficiente, creceré con la carencia y trataré de armarme con lo que tengo. Si no soy justa, humildemente pido luz para armarme en el camino. Si soy fuerte para estar sola, entonces pido cariño en el camino para no errar el paso. 

Si he de vagar, pues que así sea. No me avergonzaré, no me dejaré morir, y lloraré cuando sea necesario, porque si no lo hago, me voy a quebrar, esto es demasiado ahora mismo para mí.


Ivana Morgenstern. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario