miércoles, 19 de diciembre de 2018

Día: No sostengo la oscuridad en mi cabeza.

He sostenido la espada innumerables veces en otros tiempos y ahora sostengo la pluma como una defensa en una sociedad que se ha empeñado en oprimirnos, en desgarrar la libertad, en negarla, como si el regalo más precioso del mundo fuera una baratija aún más barata que las mentiras que nos dicen todos los días.

Sin recuerdos, sin certezas y sin hilos de luz que tejieran mi hado, dejé que la oscuridad se apoderara de mí y que me amara destruyéndome poco a poco en el proceso. Me enamoré de la noche y de los plateados abismos donde mi alma empezó a consumirse, donde la dejé irse porque pensé que no tenía elecciones posibles.

Perdí todo. No soy la única, ni lo fui por mucho tiempo, pero estaba sola y era mi hilo el que tejía, así que es del que puedo  hablarte.

Escribí sueños suaves para acallar una desesperación fría y terrible donde no había nada más que sombras. Se secaron mis ojos, se drenaron mis labios y la palabra escrita era la única manera en que, de algún modo, defendía lo que yo creía que era cierto.

Las tinieblas se disiparon. Al fin soy lo que estaba destinada a ser. Me gané el mérito, como lo hacemos todos para tener las cosas realmente valiosas en la vida. Y ya no tejo telas desvaídas ni le canto a la oscuridad como si la amara.

Había olvidado cómo era realmente sentir el sol en mi piel, y la sensación preciosa de la luz sobre mi corazón. Había olvidado cómo es estar completa y cómo reparar un alma que estaba casi por completo destruida.

¡Estoy despierta! Y todavía observo la oscuridad, pero de forma lejana: todas las cosas con las que preservé mi libertad cobraron fuerza y ya no tengo miedo de alzar con dignidad mi testa.

Increíblemente para los que habitan en las sombras, hallé mi mayor valor en la humildad. Encontré mis oídos en el silencio y en la contemplación y, lo más importante en mi proceso, aprendí a oírme a mí misma y a recobrar una identidad que creía perdida largo tiempo atrás.

Sigo luchando. Sigo errando. Pero la oscuridad quedó atrás. ¡Pensé que no lo lograría! ¡Mi vida casi se extinguió por completo!

Y por eso pienso que mi alivio está justificado. Aún queda mucho trabajo por hacer, mil cosas por reparar, decenas de cosas por entender y mucho trabajo por delante. 

Pero, al menos, mirarme al espejo ya no duele. No soy ya un fantasma de algo que solía ser hermoso y estar entero.

No estoy de luto. No tengo lamentaciones. Raro el arrepentimiento.

Y tengo tanto agradecimiento. Aunque mi tara sigue ahí, ya no limita mi ser. Es sólo una parte de mí.

¡Mi mente está unida otra vez! Aún no curo por completo pero estoy en vías de hacerlo.

Y puedo hablar otra vez.

¡Una década de silencio y de dolor! 

Y ya se acabó.

Aún me caigo, aún lloro y aún soy yo misma, frágil y hermosa y apasionada e intensa. 

Pero así como me caigo, busco cómo levantarme. Aprendo de cada tropezón y suelto el dolor para que sólo quede la lección y el recuerdo.

Y tengo esperanza, al final la recobré.

Me pude levantar del peor de los infiernos. Estuve a punto de desaparecer.

¡Pero me levanté!

Y mientras haya aunque sea un hilillo de luz, una cosa mortecina por la cual luchar, seguiré adelante.

Porque la luz ama. Y es un amor mucho más profundo y confortante que cualquier tejido oscuro.

No tengo que desaparecer para amar la luz y ser amada por ella.

No tengo que renunciar a mí misma para obtener algo más.

Y doy gracias, profunda y sinceramente, por todo eso.

Sencillamente, gracias.

Tori Morgenstern.


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