Las luces apuntaban a esa oscuridad disipandola en un intento de atravesar su dulce intimidad. Ella podía sentir el ritmo de la música bajando de su cabello a su cabeza, su cuello, el torso para descender por las piernas con esa dulzura amorosa que la aferraba y la hacía sentir como un espíritu nocturno. Siempre sentía ese dolor nostálgico pero era apenas una pequeña inyección, un diminuto toque de un mundo que ya no era el suyo.
¿Qué son las personas sino tinieblas? Descendemos tratando de probar ese néctar de vida y no nos damos cuenta de todo lo que dejamos atrás. Pretendemos que ese momento sensual es lo único que nos resta y no es verdad, hay tanto fuera de ese escenario, de ese cúmulo de estrellas que se forma cuando queremos formar parte de un todo.
Estoy escribiendo desordenadamente pero sigo siendo yo quien marca estas letras porque me doy cuenta que sigo siendo yo misma, incluso en plena evolución no puedo evitar encontrar en mi camino aquella entrañable belleza de un mundo que nunca existió pero que siempre fue mío.
Amo la luz pero hay música que encontré en el camino oscuro que sigue formando parte de mí, que se ha enganchado a mi corazón y quiero volverla a escuchar.
¿Que no pueden formar parte ambos extremos de mi vida? Pero es bien cierto que esa oscuridad me lastima, a pesar de que no estoy llorando no puedo probar toda la ambrosía.
¿Cuál es mi identidad, cuál es mi hogar más allá de mi voluntad? ¿Es cierto que todo el mundo tiene un lugar adónde regresar cuando todo en su universo parece perdido?
Yo creo que la música sigue guiándome a casa. Quiero seguir teniendo fe en eso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario