miércoles, 1 de noviembre de 2017

Un silencio cómodo.

Hola pequeño visitante, se te recibe con los brazos abiertos. Es curioso, yo nunca le presté atención al chico soñador y risueño de la ventana y creo que él no hubiera llegado a mí de haber sido más joven; pero la dulzura del viento trae cosas extrañas y en este tranquilo momento silencioso, donde no puedo hablar porque ni siquiera sé qué decir, apoyar la cabeza en su hombro parece casi natural.

La lluvia sigue cayendo y yo toco las teclas de un teclado receptivo a mis palabras. Me encanta el modo en que la noche me envuelve: porque no hay nada excepto este sencillo sentimiento confinado que cede a un momento donde el dolor cede. No puedo hablar de él, del sufrimiento: pues ya ha llegado a las recónditas profundidades de mi consciencia y decir algo resulta peligroso para mí. Pero puedo hablar de la belleza del valle en la mañana, cuando el color umbrío de la noche pasa a un púrpura distante y hermoso y luego se convierte en un amanecer frío.

Tomo esta oportunidad como una pausa. Puede convertirse en un filo terrible de hielo perpetuo pero ahora tiene un sabor manejable, con lo suficiente de esperanza para aliviar el peso del camino. Tampoco está permitido pensar en el día siguiente, pues nunca se sabe lo que el destino tiene preparado para ti y sé que los respiros de la realidad no son el tejido completo de esta rueda incansable, aún así me permito pensar que he tenido dos días de gracia y tal vez haya más, igual que el rocío de la primavera fría sobre la flor anhelante, cae con claridad, despertando a la sobria somnolencia de un sueño cansado.
Temo cantar esta queda canción melancólica, ¿No se ha convertido todo lo que he querido en un dolor insoportable? 

Avanzo tan lentamente porque me da miedo que, en mi afán por avanzar, retroceda sin remedio. Te dicen que debes levantarte tras cada caída pero los que así te lo comentan ignoran que cada vez que me hundo en el abismo, dejo un pedazo de mi alma detrás.

Y aunque trato de no pensar en ese momento en que todo acabará sé que no tendré fuerzas para continuar, sé que esa realidad puede llegar y destrozarme  no ya porque yo lo quiera sino porque no hay más remedio que desaparecer. Y simplemente no querré pararme otra vez.

No es una metáfora: Ésta no es una edad para crecer sino para resistir. Atrás han quedado los sueños locos y el sabor de la invencibilidad inalcanzable. Ahora me sé humana, mortal y vulnerable; Ahora me sé frágil. Guardo silencio a pesar de que deseo hablar porque sé que incluso con toda la sabiduría del mundo es mejor escuchar, callar, pensar. Porque cuando alce la voz yo tendré que decir toda la verdad y ésta puede volvernos locos a todos. ¿No lo estoy ya? Me hizo daño todo este viaje y lo que veo sigue siendo monstruoso incluso a estas alturas. Es todo lo que hago, ver cosas, advertir realidades. Siguen dándome esperanzas... pero no puedo pensar en el día siguiente. Ahora no puedo.
Si puedo mirar bajo mis pies... 

Quizá encuentre un camino.

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