¿Alguna vez el pasado te ha dado jalones para que lo veas en tus recuerdos aunque lo que menos quieres es ir hacía allí? ¿Alguna vez has estado al borde de las lágrimas por lo que ya pasó aunque tu presente es estable? Si es así, pasaste por lo que yo paso ahora y te será más fácil leerme. O más difícil. No lo decido aún.
Mi subconsciente ha estado traicionándome repetidas veces, torturándome con cosas que deberían ser olvidadas, con detalles que no deberían ser importantes, con anhelos que no son tales. Es cierto que he vivido en el filo de la navaja una buena parte de mi vida pero eso no significa que por eso tenga derecho a victimizarme, hay muchas personas que lo han pasado peor que yo y siguen adelante. ¿En qué soy una excepción? Es una respuesta sencilla, pero mi inconsciente se burla de lo que sé conscientemente (O lo que me digo a mí misma para no llorar) y me bombardea con cosas en las que no quiero pensar. Múltiples recuerdos en donde salgo yo misma en la preparatoria, sola, enferma, sintiéndome mal todo el tiempo, agresiva, tan deprimida que a veces no me podía levantar de la cama. Recuerdo los tiempos reprimiendo mi personalidad, escribiendo para ventilar el dolor, odiando al mundo por lo que me había tocado en suerte. Enamorándome y siendo un fracaso para acercarme y sin saber cómo reaccionar, qué hacer, equivocándome en cada parte del camino. Haciendo las cosas mal, perdiendo habilidades que hasta ese momento habían permanecido en continuo crecimiento, escondiéndome detrás de las tapas de un libro (Saga Canción de Hielo y Fuego) donde la realidad no dolía, donde podía concentrarme en tantas otras cosas aunque en verdad lo que me pasaba no tenía modo de desaparecer. Faltar a la escuela unas veces por falta de dinero y otras veces por falta de ganas. El modo en que alejé a mis amigos, el modo en que busqué compañía sin encontrarla nunca. El sentimiento de melancolía que nunca me abandonaba, lo fuera de mi misma que me sentía, el no saber cómo escapar.
La música de HIM filtrándose en mis oídos, aliviando un poco el dolor (uno que no estoy en posición de describir aunque es aterrador) las voces que escuchaba, las conversaciones que mantenía, el modo en que la fantasía se volvió cada vez mi mundo real mientras intentaba escapar de una situación que parecía irreparable. Él, siempre él, hablándome, rechazándome, ayudándome, obstaculizándome. En mis recuerdos, en mis pensamientos, aunque la mayor parte de las veces lo odio, lo detesto profundamente o más bien, me perturba prácticamente. El no entender cómo es que alguien puede tener tanto poder sobre de ti, cómo es que tu mente puede pensar tantas veces y de tantas maneras diferentes en una persona y el modo en el que intenté liberarme sólo para caer una vez más en la trampa.
Recuerdos de gente con la que estuve, gente con la que soñé, gente a la que no me acerqué, gente a la que le mentí para ser aceptada. Recuerdos de noches solitarias con un grito a flor de labios, deseando algo mejor que aquello, un escape, lo que fuera. Recuerdos angustiantes de noches de insomnio y mis bolas para aliviar la ansiedad, recuerdos de palpitaciones dolorosas, recuerdos de momentos en que me daba cuenta que estaba realmente sola y no sabía cómo dejar de estarlo, en fin, recuerdos que me martirizan y me duelen y me hacen darme cuenta que he sido infeliz y ya no quiero serlo aunque no sé cómo hacer que deje de doler.
Memorias de tiempos agridulces que vinieron después cuando creé personajes maravillosos que pudieron amar de un modo en el que nunca pude. Consciencias despiertas de realidades más duras y más maravillosas, el saber que las palabras me protegían, me salvaban del aislamiento autoimpuesto. Recordar las historias que leídas fueron como hierro candente, que agitaron sentimientos, emociones, que invitaron a la vergüenza y a la consciencia de la realidad a venir a joder. Todo, todo eso, junto con mis experiencias en el psiquiátrico, mi intento de suicidio y mi dolor a cuestas, todo eso me oprime y me agobia sin que entienda claramente por qué.
El pasado está muerto. Lo malo es que en mí vive, con las cicatrices visibles e invisibles. Y poco a poco se va colando en mi felicidad, haciéndome repelar, dudar, llorar, sentir. Mi psicoanalista dice que no sé ser feliz, que me aferro a los recuerdos negativos porque no sé cómo afrontar la felicidad. Probablemente tiene razón pero esa declaración de hechos no los desaparece ni los hace menos reales.
Y mi mente reacciona. Escribí por tres horas y media una sola palabra, su nombre, tantas veces, sin poder parar, mecánicamente. Así que me mandaron medicina nueva que tengo que tomar sin chistar y mi mente se fuga en tantas otras cosas inútiles mientras busca alguien con quien estar, alguien con quien platicar, alguien con quien comulgar.
Mi alma busca el amor como una mosca viajando hacía la luz, lo busca desesperadamente igual que el hambriento el alimento que lo nutre y al que necesita. Así me siento a expresar mis sentimientos, a rogar al cielo por alguien a quien amar, a quien pueda amar y que me ame, porque la soledad es muy grande y muy dolorosa ya.
Mi ser se halla preparado para volver a empezar, para cuidar de sí mismo, para cuidar a alguien más. Listo para enamorarse de verdad, para vivir aventuras, para reír sin llorar, para llorar sin reír. Para amar, para pensar, para necesitar y ser necesitado. Quiere mezclarse con la gente, conocer lo que desea y también lo que no quiere, nutrirse del mundo y sus alrededores, jugar con fuego, quemarse y curarse. Desea poder confiar en alguien lo suficiente para mirarlo a los ojos, sentir miles de cosas y aún así no apartarse alarmado. Eso desea mi ser y es lo que no puedo darle porque no hay nadie, nadie, nadie.
Pero sigo esperando. Deseando. Anhelando. Necesitando.
(Y sí... amando)
Ivana Morgenstern (Victoria de Valo)
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