viernes, 18 de octubre de 2019

Cuento.

"Había una vez un gato gris plateado que era muy solitario. Mientras todos los demás gatos se la pasaban juntos, en pares o grupos, maullando suavemente y restregándose entre ellos para demostrarse cariño, el gato solitario se la pasaba encaramado en un árbol donde colgaba un espejo que no devolvía su reflejo. Él, inmerso en profundas meditaciones, casi no hablaba con nadie, aunque era amable cuando lo interpelaban otros gatos de camino a su plato de comida, que estaba bastante lejos del árbol donde se acurrucaba. Los demás gatos no sabían mucho del gato gris, salvo que tenía allí muchísimo tiempo y era sabio, a su manera. Él, en cambio, conocía a todos sus congéneres muy bien y sabía qué decirles si necesitaban su ayuda, sin dejarles conocer sus propias preocupaciones. Sin embargo, nadie puede vivir en total soledad, ni siquiera un gato milenario, por lo que el gato siempre buscaba nuevas cosas qué hacer a través del espejo que tenía. Con el reflector él podía mirar a otras dimensiones y observar a su alrededor. Todo en esa actividad se le hacía tan interesante, que no sentía mucha necesidad de integrarse a otras actividades. Empero, en esa habilidad se hallaba un secreto: El gato gris era presa de delirios y alucinaciones muy fuertes que era el precio por pagar debido a sus dones y aunque llevaba mucho tiempo sufriendo, no conocía manera de detenerlos, a pesar de su gran sabiduría. Al gato no le gustaba que nadie supiera sobre esto, así que por largo tiempo supo esconderlo muy bien. Un día, cayó de una rama alta del árbol donde estaba y perdió el conocimiento. Cuando lo recobró, estaba tendido en una camita que parecía de hospital y se sentía fatal. Alrededor de él pudo observar a varios mininos preocupados, pero no se molestó en tranquilizarlos, porque no le gustaba que lo vieran en ese estado. Con calma, aunque sin demasiada paciencia, explicó unas cuantas cosas y trató de levantarse para irse a su árbol, sin éxito, porque ya estaba lejos el tiempo del fingimiento. Así que el gato gris plateado tuvo que ir a un lugar para rehabilitarse y fue aunque extrañaba su árbol y su espejo mágico. En ese lugar se aburría tanto, por ser cada día parecido al anterior que se quedaba dormido todo el tiempo. Estuvo así algunos meses hasta que llegó una gata nueva al grupo. Aunque más dormido que despierto, el gato gris pudo ver que aquella gata estuvo al borde de la muerte. Su pelaje de color ladrillo estaba deslucido y enmarañado, sus ojos sin expresión y parecía incluso más indiferente que él a su alrededor. También parecía a punto de llorar todo el tiempo, de tal manera que hasta él sintió empatía por ella y le dio un abrazo para hacerla sentir mejor. La gata sonrió y al platicar un poquito, se hicieron amigos. El gato gris plateado seguía siendo muy solitario y se lo dijo a la gata ladrillo, que él no quería ninguna clase de compañía. Ella dijo que lo entendía, aún así platicaron ocasionalmente mientras cada uno se recuperaba. Los dos gatos eran polos opuestos, así que tuvieron algunas discusiones pero se comunicaban bien y la cosa siguió un poco así hasta que una tarde, en la cual el gato gris plateado se sentía peor que nunca, la gata se sentó a su lado a acompañarlo y el gato la mandó lejos, diciéndole que sólo quería dormir. La gata se sintió muy triste, porque no era la primera vez que pasaba y ya no sabía cómo decirle a su amigo gato que esa clase de cosas le dolían. Ella prefirió dejarlo solo. En realidad le hubiese gustado mucho ayudarlo, ya que sabía que el gato no estaba bien... pero si él prefería mantenerla al margen... ¿Qué se supone que debería hacer?"

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