Otra vez, al término de un capítulo de mi vida. Escribía capítulos cortos, quizá demasiado, envuelta en este vaivén de vida rápido, todo deprisa, sin entender, sin analizar, sólo sintiendo hasta que me quedaba vacía, hasta que me iba con el espíritu roto y mi ser se desplazaba, igual que estrellas o luciérnagas, disipando mi luz en medio de la oscuridad.
Y, déjandome llevar por esa emoción, volví a casa, rota, desmadejada, un dolor limpio que ascendió en la noche y se llevó toda mi fuerza, otra vez mi salud, otra vez mi calma.
Pero sigo avanzando y no al abismo, por lo que me estoy recuperando y ahora duele menos, ahora no cansa tanto. Me llevaste muy lejos, halcón peregrino, para que encontrara al Lobo, para que lo amara y para finalmente abandonarlo, porque él me dejó primero, porque él no quiso continuar a mi lado.
Sólo los dioses saben cómo amé a ese hombre, cómo intenté realizar lo que no era posible, unir lo que estaba roto, ir más allá de mí en un intento de sobrellevar adelante lo que todo mundo decía que acabaría mal. Yo no pensaba que acabaría mal, no era eso lo que buscaba pero no tenía certezas, ni caminos, apenas una leve esperanza y una sensación de felicidad atemperada por demasiado dolor.
En mi necesidad de vivir crucé límites, busqué dulzura, y descubrí cómo encontrar a otro, cómo confiar cuando no había más que saltos al vacío y un hilo conductor que me guiaba.
Fue el dolor lo que nos unió, a ese Lobo y a mí, un flamazo de soledad de ambas partes. Queríamos cosas, las queríamos, pero él no quería ser honesto consigo mismo y yo lo presioné y me presioné hasta que casi no lo pude soportar.
No justifico, pues no sería cierto ni sería algo sano, las acciones de él, en ningún momento, pero admitidamente digo que yo también tuve participación en esto, que podría haber escogido otro camino, que las cosas pudieron ir mejor. Al final, creo que no pudo ser de otra manera pero se lo dije, cuando él ya no escuchaba, cuando me oía sin entenderme: "Como desearía haber hecho las cosas diferentes."
No podían haber sido de otra manera, porque somos quienes somos y pasaron todas esas cosas en medio de nosotros, y aunque lloré mi dolor, mi pena por haber "fracasado", aunque supliqué y me deshice en sentimiento, aunque peleé, oh cómo peleé por un camino, las cosas acabaron.
Ya no me duele eso. Expulsé mi dolor y mi rabia, y mi desesperación y me enfermé y entendí y lloré más... Pero me alejé de eso también. Ahora le digo a la sombra del hombre que sigue ahí aunque ya no conmigo "¿Sabes? Todavía te amo, a mi manera. Todavía me importas. Pero, ¿Sabes qué? No quiero estar contigo. Me haces daño. Te hago daño. Ya mejor continuar, sin el otro, en mejores caminos."
Pues si, al final aprendí a quererlo sin necesitarlo, me encontré a mi misma, en la tiniebla del final, cuando no quedaba fuerza y decidí que quería retomar mi vida. Le di cuatro meses (En realidad seis, pero cuando me enojaba dejaba de hablar con él y esos lapsos de silencios llenos de palabras tal vez no formaban parte de estar con el otro) a una persona que no estaba preparada para apreciarlos, para aceptar, para comprometerse, para ser honesto. Y aprendí, lo que fue importante, pero ya se acabó.
Él sigue ahí, y estoy aprendiendo a tolerar su presencia, a aceptarla sin que por ello se quede en mi vida, sigue ahí, como otras personas, haciendo su vida, pero sin meterse en la mía.
Agradezco la experiencia. Fue una etapa de transición y, como ella, muy dura, pero ya la pasé, ya crucé el camino, hice lo que tenía que hacer y puedo seguir adelante, más curtida y, lo hay que tener en cuenta, no ilesa. No perdí mi capacidad intelectual ni desanduve mi camino pero estoy tocada y esas heridas hay que curarlas.
Aún así, me alegra seguir siendo yo. Mi cerebro y mi alma están despertando y ahora entiendo mejor cosas que antes sólo veía oscuramente. Ya no soy Malkavian, ya no me ata la oscuridad, ya no sólo veo la luz, sino que la siento dentro de mí y la busco.
Ahora sé que la oscuridad no es la solución. No puedo (todavía) luchar contra los males del mundo, ni acabarlos o cambiar el mundo entero, pero puedo curar sus dolores, sus daños.
Claro, primero tengo que curar yo misma, restaurar el círculo, la estrella de siete puntas de luz, y volver a retomar el camino, pero creo que puedo empezar a brillar con mi propia luminosidad, el regalo de la vida, descubierto en un invierno en mi vida.
No me arrepiento de haber tomado ese camino, R. Hice lo que pude. Me libero de la culpa y del sufrimiento. Entiendo mejor ahora por qué pasaron las cosas y aunque tengo mucho qué aprender, al menos no estoy ciega en este sentido. Veo y entiendo y estoy lista para, poco a poco y con paciencia, tejer completo el capítulo de mi vida.
Si he llegado lejos, a pesar de todo. Yo, la niña que no esperaba vivir más allá de los 18. Que creía que la muerte era su único camino.
Pero, tal como diría Úrsula K. Le Guin, "Sólo en el silencio la palabra, sólo en la oscuridad la luz, sólo en la muerte, la vida".
Es una alegría, que a estas alturas del partido ya no me sienta avergonzada de ninguna de mis palabras. Que pueda alzar la voz, que pueda escribir, que ya no esté encadenada, ni con la runa de silencio en mis labios o en mi corazón, que pueda volver a encontrar mi don.
Pues qué hermosa sabe mi lengua materna, el dulce español, el idioma con el que canté mis derrotas y mis angustias, la lengua que me mantuvo cuerda, cuando las palabras eran vacías. No encuentro todavía mi identidad nacional (Nací en México, pero entiendo poco de mi tierra) pero si tengo el amor de mi lengua (No soy de provincia, por lo que no conozco lenguas indígenas).
Al fin encontré mi camino nuevamente. Por ello, Odín, te estoy agradecida. [Y a ti, Lobo, aún te amo. Pero por favor, vete a casa. Nuestros caminos han dejado de juntarse. Pueden cruzarse, pero no quisiera que se unieran. (Por un buen rato, por un buen rato.)]
Ivana Victoria Morgenstern.
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